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lunes, octubre 16, 2017

Plata y plomo en Cerro de Pasco: la mina del polvo envenenado



Abrigo. Hoja de coca. Trago. los consejos se acumulan en la estación de autobuses. Cualquier recomendación es insuficiente para subir del nivel del mar a 4.338 metros. La presión contrae la cabeza. El frío anula los movimientos. La falta de oxígeno oprime los pulmones. Todo junto forma el soroche: un mal de altura bien conocido entre los peruanos. En Cerro de Pasco, en el centro del país andino, lo aluden a menudo. Sobre todo, al visitante. Algo que no suele suceder: pocos recaen aquí por gusto.

El amanecer sorprende en un pico montañoso donde el sol quema y el viento araña. Su núcleo urbano se despereza entre mototaxis, cafés filtrados en restaurantes lúgubres y algunos vendedores ambulantes forrados de alpaca. Como en una ciudad amurallada, las calles terminan en una verja cubierta de tierra y escombros. Al otro lado, un gigantesco agujero horadado por camiones que serpentean por imbricados caminos. El Tajo, lo llaman. Así, con mayúscula. Es la mina que ha hecho famoso este enclave de 70.000 almas. La más alta del mundo a cielo abierto y de dimensiones descomunales: dos kilómetros de largo por uno de ancho y 400 metros de profundidad. Su descubrimiento ha marcado la existencia del lugar. Y, como en cualquier historia inconclusa, aún no sabemos si para bien o para mal.

Hasta ahora, las empresas encargadas de hurgar en la zona vivieron con la comodidad del apoderado. En esta montaña, como en el Potosí boliviano, el destino tenía el color del oro, la plata y los otros minerales como el zinc o el cobre, que se extraían con solo rascar. La riqueza envolvió una tierra pobre y conjuró a su población a la dependencia del subsuelo. El desarrollo era tan goloso que incluso se planteó el traslado de todo el término municipal a 15 kilómetros de distancia para continuar mordisqueando la calzada. La moneda estaba en el aire.

Y sigue allí. Todo permanece en duda: incluso los 2,3 millones de soles (593.000 euros) que firmaron para comprar los edificios colindantes y construir otros nuevos. Mientras, una población envejecida y aquejada de los problemas que da la extracción de metales se enfrenta a un nuevo futuro: los niños crecen con tóxicos en la sangre y las compañías responsables rebañan los restos antes de dejar la región.

La laguna, que antes reflejaba las nubes, ahora luce verde, expele un hedor nauseabundo y está plagada de carteles que ahuyentan al visitante con grandes exclamaciones. Un dilema que está reformando el tejido social y cambiando alguna de las codiciosas mentalidades que ascendieron a este enclave.

Plata en el bolsillo o plomo en el organismo. Y no hablamos en lenguaje narco.

La historia viene de lejos. En 1630 se descubrieron sus entrañas. En el siglo XVIII y XIX se convirtió en una urbe humilde y cosmopolita. Una suerte de tesoro de Sierra Madre donde la Pasco Cooper Corporation, filial estadounidense, aterrizó en 1901. La alternancia posterior de grupos mineros y gobiernos poco preocupados por el medio ambiente esquilmó un 30% del territorio metropolitano. Gran parte de sus vecinos vendía su salud por unos salarios algo mayores que en el resto de Perú. Y ni a día de hoy es fácil convencerles de que les den la espalda a condición de un futuro mejor: libre de contaminación, basado en el largo plazo.

«Nos hemos acostumbrado a vivir así: unos van a la mina, otros a la escuela», comenta desde su despacho el teniente alcalde, Martín Solís Adrianzen. «Nadie se va a hacer cargo del cambio, a financiar una reestructuración. Pasco ha aprendido a manejarse en este mundo», suspira, imprimiendo una ley de 2008 en la que se declara la «necesidad» de «medidas» para «reducir el impacto medioambiental y proteger la salud, así como definir el proceso de reubicación». Cosa que, adivinen, no ha pasado.

Comprobamos sus profecías con Eva Blas. A sus 54 años, es una de las personas que se resisten a abandonar su espacio en este entramado. Con un puesto de chocolatinas, gaseosas y frutos secos en la puerta de El Tajo, la vendedora recuerda cuando desfilaban hasta 5.000 personas por delante del quiosco, que atiende desde hace 28 años. «Venían de cualquier sitio», sonríe. «Ahora no quedan ni 300. Y ésta es mi única fuente de ingresos. Me preocupa la contaminación, pero no tenemos muchas más cosas».

La hora del almuerzo se aproxima y es cierto: pocas cuadrillas con mono y casco apuran la sopa que se sirve en los alrededores de Paraxa, boca de entrada a ese agujero insondable. Juan Solís Argueta perteneció a ese tumulto del que hablaba la taciturna Blas. Se pasó de los 21 a los 27 años internándose en la mina 12 horas al día por 45 soles (12 euros). Ahora, con 30, se dedica a la agricultura. Papas, maíz, habas. Bajaba con otros 3.000 compañeros hasta que el trajín se frenó. Con las dudas de la mudanza de la localidad, capital de una provincia con 150.000 habitantes, se redujo la plantilla, se paralizaron las tareas más intrusivas y se optó por el relave, es decir, por aprovechar las últimas partículas de mineral que quedaban en la superficie. A lo que hoy se dedican los conductores de esos camiones sinuosos y los que sorben refrescos con los guantes puestos.



Eso no quiere decir que no siga esparciéndose por la atmósfera un polvo maldito. La faringitis y la rinofaringitis son la causa principal de mortalidad en los más ancianos, según el último informe del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) de Cerro de Pasco, de 2016. Y aunque la silicosis no sea de los mayores temores para los recién incorporados, que alaban la seguridad o las nuevas medidas para la protección física y medioambiental de su plantilla, sí lo es la cantidad de plomo que se almacena en la sangre.

Pasa del suelo a los pulmones. O a la comida. O a las manos. Y llega al organismo de los más vulnerables: entre gestantes y niños de hasta 12 años se cuentan 117 personas contaminadas, incluidos 40 casos graves, según una tabla de la Dirección Regional de Salud (Diresa).

«Puede penetrar de tres formas: por inhalación, por conductos orales o por la piel», explican Karina Valentín y Cindy Calzada, de 35 y 32 años, que se encargan de la prevención con sesiones educativas y de higiene. «Es lo único que se está haciendo. Ni siquiera hay una unidad especial para los tratamientos, y eso que llevamos meses reclamándola. Estamos en declaratoria de emergencia», lamentan después de varios años en el cargo.

Saben a lo que se refieren en el Centro de Salud Uliachin, donde varias madres aguardan los resultados de un análisis que les saque de dudas. Sus hijos acuden con somnolencia, cefaleas, complicaciones neurológicas, perturbaciones en el sistema nervioso central o falta de atención. Aquí les toman muestras y determinan el impacto. El tratamiento suele consistir en complejos vitamínicos. A veces en balde, pues el sueldo no les llega: sus habitantes apenas llegan al salario mínimo, 230 euros al mes.

Nos pasamos el día preocupados. El miedo siempre está latente. Algunos de sus compañeros tenían harto plomo», dice Verónica Aguedo, de cara agrietada y espalda curva a sus 34 años, mientras sujeta a tres niñas de 2, 8 y 10 en la calle del hospital. Una de ellas orina de repente, sin previo aviso, separando con sus torpes brazos las capas de ropa andrajosa. Muy cerca, el Colegio 6 de Diciembre celebra un día festivo después de varias jornadas de huelga docente. En toda la provincia, el número de alumnos en Primaria suma 37.177, es decir, unos 10.000 menos que hace 10 años. «El que puede se va, aunque nosotros no tenemos casos clínicos», adelanta César Torres, el director desde hace ocho años, mientras hace guardia en el patio, abierto para los críos de los que no se podían hacer cargo sus padres.

«La gente acá no crece», escupe. «La gente acá se marcha y desaparece». El problema, masculla, es que el gobierno se olvidó de Cerro de Pasco. «En las colonias se cogían minerales a menos de cinco metros. Y, claro, eso era muy tentador. Pero nadie se preocupó por el desarrollo sostenible», repite enfadado, rememorando cómo sufre cada vez que hay una campaña para testar a sus 520 alumnos. «Ellos tienen anemias o enfermedades contagiosas, pero los adultos contraen policitemia», apunta como afectado: la médula ósea se trastorna y produce una mayor cantidad de glóbulos rojos, pudiendo ocasionar ictus o embolias. «Aquí nadie debería trabajar más allá de los 50 años», protesta quien necesita salir de su lugar de residencia cada cierto tiempo a zonas de menor altitud. «Paso fines de semana o vacaciones en la playa para normalizar mi sangre».

¿Qué hacer? Un corro encabezado por Natalia, de 26 años, responde que desde hace meses filtran el agua, obligan a sus niños a lavarse las manos, les advierten de que no hay que tocar cosas. Los registros presentan una mortalidad infantil de 21 casos por cada 1.000 (en España no llega a cuatro). «Lo más peligroso es jugar con la tierra», arguye enfadada. «Nos iríamos ahora mismo. Porque cuando vives aquí al principio lo ves normal, pero luego te indignas: crees que se gana más por las minas, pero hay despidos y para la salud o el medio ambiente es trágico. Lo único que crece es la quinoa, una semilla muy fuerte».

De pocas palabras, los maridos escuchan y asienten. En una ronda rápida se observa cómo sus experiencias se repiten. Prácticamente, todos han pasado por la mina y ahora han mutado a chóferes, labriegos o pequeños comerciantes, nuevo retrato de la economía del lugar. Manosearon el subsuelo. Si no en El Tajo, en localidades cercanas como Colquijirca, donde aún extraen plata, plomo, zinc y cobre entre raíles exteriores y una compleja red de túneles. El acceso allí está prohibido y cada trabajador debe presentar su tarjeta antes de franquear la valla. La mayoría tiene estudios superiores. Desempeñan cargos técnicos. Pocos tocan directamente las 22 toneladas de mineral que se sacan al día.

«Usamos guantes, botas, protector auditivo y ocular, casco y respirador», relata José Paterno Bustamante, de 52 años, que ha pasado por varios agujeros y recuerda El Tajo como el lugar más duro. A pesar de que un arco de bienvenida les honre como Capital minera. O de que el parque principal adorne sus árboles con una figura de un trabajador de la mina y sus accesorios. Su memoria no le traiciona: a este pueblo le cayó una maldición. Igual que a los oficios relacionados con el sector, en plena reconversión.

Aún se desconoce si habrá traslado futuro. Si se formará otra malla industrial. Un dilema que una nonagenaria que vende periódicos no se atreve a resolver, si bien lo fulmina de una tacada: «Cerro de Pasco está muerto. Lo que no sé es por qué no lo estoy yo».

Javier Arcenillas

(*) Fuente: ElMundo

domingo, agosto 20, 2017

Cerro de Pasco, entre el polvo y el mineral



La ciudad de la sierra central languidece, está secuestrada por toneladas de desmonte y relave minero. Un estudio detectó la presencia de arsénico, plomo y otros metales pesados en el agua y los suelos. Los niños son los más vulnerables. La reubicación es la única salida.

Humberto Grijalba (70) hace el recuento de los daños. A sus espaldas se abre una explanada inmensa de tierra muerta. Una gran costra de color naranja cubre parte de la laguna Quiulacocha, ubicada al suroeste de la provincia de Cerro de Pasco. Hoy, en pleno estiaje, la laguna está descargada y deja a la vista una masa fangosa y tóxica.

Durante el siglo pasado, cumplió la función de botadero de relaves mineros. Fue contaminada por décadas por la Cerro de Pasco Cooper Co. primero, y por Centromín Perú, después.

Como un caño abierto, las mineras la llenaron de desperdicio y actualmente se calcula que hay 78 millones de toneladas de relave disperso en 115 hectáreas.

Hoy, siglo XXI, Activos Mineros, un organismo estatal encargado de remediar los pasivos ambientales de la minería, mitiga los daños tratando las aguas ácidas de la tímida lagunilla que brilla en medio de este paisaje marciano.

“Cuando era niño, jugaba en esta laguna. Era limpia, cazábamos chalhuas, pescaditos pequeñitos como las sardinas, habían patos silvestres, ranas [...] ya no hay vida”, dice Grijalba, vecino de la comunidad campesina de Quiulacocha – asentada a cinco metros de la laguna contaminada–, y cuyos habitantes tienen que soportar la polvareda que viene de la relavera y que lo entierra todo bajo un sospechoso color negruzco.

Lo sucedido con esta laguna es sólo una muestra del feroz paso de la minería en Cerro de Pasco, ubicada en la sierra central, a 4,380 metros de altitud, y que tiene consesionado el 74% de su territorio a esta actividad extractiva.

Si observamos desde el mirador más alto de la ciudad, veremos cómo los cerros naturales compiten en presencia con los desmontes mineros; si caminamos por las calles nos cruzaremos con los montones de piedra y mineral pulverizado, altamente tóxicos, depositados muy cerca de hospitales y colegios; si nos quedamos por un tiempo prolongado, posiblemente, padezcamos los embates de la intoxicación con metales pesados.

“Esta ciudad es un gran laboratorio –dice Wilmar Cosme del Centro Labor– aquí se pueden hacer investigaciones de lo que no debe hacer una minera”.

El cerro sitiado

Cerro de Pasco es una ciudad asfixiada por la mina. Ver cómo las casas parecen a punto de ser tragadas por el gigantesco tajo abierto que se despliega en medio de todo es una metáfora de lo que está haciendo la actividad minera con la gente, la contaminación los está devorando.

Dos distritos de Cerro de Pasco, Simón Bolívar y Chaupimarca, fueron declarados en emergencia sanitaria por el Ministerio de Salud en junio pasado. El agua que toma la población es imbebible, está contaminada con metales pesados altamente cancerígenos como el arsénico, así como los suelos de las escuelas y los parques presentan plomo, cadmio y mercurio. La gente se está intoxicando.

Esta realidad se conoce desde 1999, cuando la Dirección General de Salud Ambiental (Digesa) detectó en un primer estudio que los niños de entre 6 a 8 años vivían con un nivel alto de plomo en la sangre, un promedio de 15.5 microgramos por decilitro, cuando lo permitido por la OMS es de 10 μg/dl.

Y se ha constatado en un último estudio realizado en setiembre de 2016 por Source International y Centro Labor, en el que se reveló la presencia de entre 4 a 10 metales pesados en el cabello de los niños.

Como una trampa mortal, los desperdicios tóxicos de la mina están al alcance de los niños. En el barrio de Paragsha, por ejemplo, un grupo de ellos juega en los columpios de un parque infantil llamado "ecológico", lo cual resulta irónico porque a pocos metros de distancia, se levanta el botadero de Volcan, la principal empresa minera en Cerro de Pasco.

La pequeña Harumi (7) y su hermano Leonel (3) ríen y corren y como telón de fondo tienen a esos cerros estériles cargados de metales pesados como arsénico y plomo, posibles culpables de que cada cierto tiempo les sangre la nariz.

"Este efecto es una característica de la intoxicación crónica con plomo que se presenta mayormente en niños con anemia -señala el doctor Fernando Osores, experto en toxicología clínica ambiental-, el plomo es altamente tóxico para los seres humanos en especial para los niños de entre 0 a 5 años, y las madres gestantes, daña el sistema nervioso central y el sistema productor de hemoglobina. Los niños intoxicados presentan un pobre desarrollo psicomotor y neurocognitivo".

La constante exposición a este y otros metales pesados los están condenando a una incapacidad irreversible, y hasta a enfermedades incurables.

En otro punto de la ciudad, en el barrio de Chaupimarca, los hermanos José Luis (3) y César (9) intentan que su cometa vuele en el patio trasero de su casa. Los niños corren sobre escrombros de roca y mineral pulverizado. Es el "cerro de plomo", dicen con inconsciencia, es el botadero Excelsior, el pasivo ambiental más grande de Cerro de Pasco. 50 toneladas de desmonte que el Estado quiere contener con unas débiles mallas que se deshacen en hilachas. La protección es irrisoria, una gracia, el peligro para los niños es inminente.

Daño de inocentes

En el barrio José Carlos Mariátegui, la madre de Sunmi (10), Rosa Andrade, muestra los últimos informes médicos de la salud de su hija. La niña tiene constantes dolores de cabeza, está más irritable y le sangra la nariz con frecuencia. El 2012 un dosaje de sangre arrojó altos niveles de plomo en su organismo. Hoy, dice Andrade, el mineral está invadiendo sus huesos y no solo eso: "A mi hija le han diagnosticado retardo mental leve [...] ella era una niña sana, la primera alumna en su salón".

Los casos de niños contaminados se multiplican en otros barrios del distrito Simón Bolívar. El alcalde Zumel Trujillo suelta una cifra escalofriante: "Se ha identificado más de dos mil niños intoxicados, 40 de ellos tiene leucemia y hay casos de cáncer terminal".

Esta semana, un grupo de quince familias pasqueñas viajaron a Lima con sus niños. El Estado, a través del Ministerio de Salud, les ha realizado una evaluación general.

"Mi hija ha sido desahuciada -dice al otro lado del hilo telefónico Simeon Martin, padre de Esmeralda (9). La pequeña ha sido diagnosticada con aplasia medular severa, una enfermedad que le impide a su cuerpo producir sangre, glóbulos rojos y plaquetas.

"Los médicos han dicho que debo hacerle un trasplante de médula osea. Pero no me dan muchas esperanzas, las posibilidades son casi nulas", agrega Martin quien responsabiliza directamente a la minera por el daño irreversible en la salud de su hija.

Al igual que otros niños, Esmeralda juega, va al colegio y vive inmersa entre los desmontes que la minera Volcan se niega a remediar con el argumento -dice el regidor de Simón Bolívar, Jaime Silva- de que esos desperdicios no les pertecen, que son los pasivos que dejaron las otras compañías mineras.

"Hay sólo dos opciones -agrega el doctor Osores- o se trasladan a una zona adecuada para vivir, o el Estado toma medidas de protección: se debe afianzar la nutrición de esos niños y de las madres gestantes, los niños anémicos son más propensos a los daños de los metales pesados; se debe asegurar el agua potable y se debe pavimentar las calles".

Cerro de Pasco está secuestrada por la mina. El 2008 se aprobó una ley para el traslado de la ciudad que aún no se pone en marcha. Su futuro cuelga de un péndulo que se mueve entre el bienestar o el mineral. A la ciudad se la está comiendo la mina y nadie se hace responsable.

Esta ciudad es un gran laboratorio, aquí se pueden hacer investigaciones de lo que no debe hacer una minera"."A mi hija le han diagnosticado retardo mental leve, ella era una niña sana, la primera alumna de su salón".

Juana Gallegos

(*) Fuente: LaRepública (20-Agosto-2017)

sábado, mayo 02, 2015

Masacre de Huayllacancha, ejemplo de Fuerza, Coraje y Valentía



Los Ranqueños estaban cansados del abuso que cometía la empresa minera Cerro de Pasco Cooper Corporation, los ganados flacos, el poco territorio y finalmente el rompe patas*, colmó su paciencia, por lo que armados con  palos, piedras y hondas fueron a defender lo que por derecho les pertenecía, había llegado el momento de Recuperar sus Tierras con mucha fuerza, valentía y coraje se encaminaron a Huayllacancha, todo comenzó un 29 de abril.

Ya el 02 de mayo, la abusiva empresa  llegó con la guardia civil, la  guardia republicana y la guardia de asalto, cinco coches de policías con la división ferrocarrilera de la Cerro de Pasco Cooper Corporation, los Ranqueños eran un aproximado de 110 y ellos eran más de 500, ya el 29 de abril acordaron defender sus tierras, pues en una reunión anticipada uno de ellos enérgicamente dijo: ¡¡¡Todos vamos a defender nuestras tierras carajo!!!

Un 02 de mayo de 1960, el frio era intenso muy sagazmente muchos hombres con ponchos y algunos en caballos se encaminaron a una lucha descomunal que representó un hito en la historia de Pasco y el Perú, aquel día tres vidas se apagaron para siempre; dos ponchos y una lliclla manchados de sangre en aquellas pampas de Huayllacancha.

Don  Alfonso Rivera Rojas, Presidente de la comunidad de Rancas por aquellos tiempos dio el último respiro cogiendo la Bandera Nacional, don Teófilo Huamán Travezaño, y a doña Silveria Tufino Herrera perdieron la vida, aquella batalla se convirtió en una masacre, la Cooper Corporation era abusiva  y aquel 02 de mayo era vivir o morir, por lo que en un solo sentimiento los campesinos defendieron sus tierras. Fue la recuperación de tierras, la democracia y la nacionalidad.



Se escuchó que un tal Carranza asesor de la minera dio la orden; “¡¡¡Fuego a estos indios!!!”, más los campesinos no tuvieron miedo, muy por el contrario niños, mujeres y varones, lucharon por sus territorios, recibieron la solidaridad de comunidades vecinas como Yurajhuanca, Quiulacocha, entre otros. Fue uno de los más grandes movimientos campesinos del Perú, que determino que en el Departamento de Pasco se acabara con  el latifundismo y el gamonalismo.

La Masacre de Huayllacancha un  hecho real, social y político marcó un hito en la historia de nuestro País, una memoria de sufrimiento, pobreza y miseria, tendría que cambiar, se promulgó la Ley de la Reforma Agraria, el campesinado en el Perú buscaría su propio desarrollo socioeconómico .

Este hecho además  fue la fuente de inspiración de Manuel Scorza, y año a año los comuneros de Rancas desarrollan un programa especial para conmemorar estos hechos históricos, hoy más que nunca debemos recordar lo sucedido, como ejemplo de fuerza, coraje y valentía para trazar el desarrollo de los pueblos Bolivarianos, Pasco y el Perú.

Aquellos hombres todavía viven en Rancas, algunos se fueron por salud a otros lugares, sin embargo en cada memoria vive aquel día, que es contado de  abuelos a nietos, de padres a hijos, San Antonio de Rancas lucho por sus tierras, y aunque muchos no lo sepan, hoy es una de las comunidades campesinas con gran desarrollo económico sostenible.

La Masacre de Huayllacancha, no es sólo una historia, hoy debemos comprender que fue el heroísmo, la valentía y el coraje de hombres campesinos.

(*) Especie de trampa, donde las patas de los animales pasaban hasta el fondo  y salían rotas.


Texto e Imágenes: Lic. Soledad Geovana Ramos Soto

sábado, agosto 29, 2009

Cerro de Pasco: El pueblo que desapareció dos veces



En los años 60, una minera corraló a un pueblo y mató a varios habitantes que querían detener la explotación. Hoy, ese pueblo debe irse a otro lado porque están contaminada la tierra, el agua y el aire.

Hace 60 años, un pueblo casi perdido en las cumbres más altas de la meseta central de Perú, fue acosado y muchos de sus habitantes asesinados por una empresa minera (la Cerro de Pasco Corporation) que llegó al lugar para explotar sus recursos mineros y llevarse todo lo producido.

Ahora, el pueblo (otro, el que sobrevivió), ubicado a la misma altura del mismo lugar de igual país, es lentamente devastado por otros métodos: la contaminación de su tierra, su aire y su agua, lo hacen inhabitable. A tal punto, que este poblado de casi 70 mil habitantes debe irse. Trasladarse a otro lado más lejos. Completo.

Sin lecciones
Parece paradójico, pero no lo es. Es el resultado del avance de las grandes corporaciones mineras que se instalan –antes por la fuerza de las armas ahora por la del dinero- y explotan los recursos naturales de las entrañas de la tierra hasta dejarla exangüe.

Esta es la historia de Cerro de Pasco contada dos veces. La primera, por el escritor Manuel Scorza, un hombre que falleció demasiado pronto, pero que dejó para la historia una trilogía de novelas de la realidad que da cuentan de la matanza ocurrida entre los años 1950 y 1962 en ese lugar.

Esa historia –como se verá- no sirvió para nada. Es que ahora, más de medio siglo después, Chaupimarca, la ciudad que está en el corazón de Cerro de Pasco tiene que irse de donde está, porque la minera Volcan –que ahora explota uno de los socavones más grandes del mundo- ampliará su área de trabajo, y porque ha hecho un lugar habitado pero inhabitable.

La primera historia
Cerro de Pasco era un agujero en la nada. Lo único llamativo era el hecho de que se encontraba a más de 4000 mil metros de altura, y eso la convertía en una de las villas más altas del país. La ciudad se había fundado oficialmente en el siglo XVI, y era capital de un departamento no menos perdido en la nada: Pasco.

El pueblo no se fundó por alguna estrategia de Estado, sino por sus recursos naturales. Cuando se descubrieron allí enormes reservas de plata, zinc y cobre, tuvo sentido la vida. Y nació –como en otros tantos lugares del Perú y de la América Latina- un pueblo.

Su historia podría haber pasado desapercibida si Manuel Scorza no hubiera recibido esa carta de Horacio Chacón, el Nictálope. Se trataba de un preso recluido en un penal de la selva peruana, que le contaba una historia. Una historia de persecución, resistencia, muerte y reclusión, ocurrida muchos años atrás.

“Noticia: Este libro es la crónica exasperantemente real de una lucha solitaria; la que en los Andes Centrales libraron entre 1950 y 1962, los hombres de algunas aldeas sólo visibles en las cartas militares de los destacamentos que las arrasaron. Los protagonistas, los crímenes, la traición y la grandeza, casi tienen aquí sus nombres verdaderos”.

Así comienza “Redoble por Rancas”, el libro en el que Manuel Scorza contó la historia de esas luchas y resistencias. Más que una obra literaria, Redoble se convirtió en una proclama de denuncia, que permitió corregir algunas injusticias. Pocas.

“Héctor Chacón, el Nictálope, se extingue desde hace quince años en el presidio del Sepa, en la selva amazónica. Los puestos de la Guarda Civil rastrean aún el poncho multicolor de Agapito Robles. En Yanacocha busqué, inútilmente, una tarde lívida, la tumba del Niño Remigio. Sobre Fermín Espinoza informará mejor la bala que lo desmoronó sobre un puente de Huallaga”, continúa Scorza.

Ellos son los perseguidos actores protagónicos de esta historia, en la que también habían poderosos: “El doctor Montenegro, Juez de Primera Instancia desde hace treinta años, sigue paseándose por la plaza de Yanahuaca. El Coronel Marroquín recibió sus estrellas de General”.

Y –como no podía ser de otra manera- un interés económico que movió la masacre del pueblo de Pasco: “La “Cerro de Pasco Corporation”, por cuyos intereses se fundaron tres nuevos cementerios, arrojó, en su último balance, veinticinco millones de dólares de utilidad”.

La segunda historia
La otra historia de Cerro de Pasco es más reciente: de hoy. En ese lugar del altiplano peruano viven cerca de 70 mil personas. Existen dos versiones sobre el origen: una dice que la actividad minera creó un pueblo a su alrededor. La otra, que lo desintegró.

Se trata de la ciudad minera más alta del mundo que hoy está “habitada pero no habitable”, como señala el diario peruano El Comercio en un informe especial llamado “Cerro de Pasco: el éxodo de una ciudad improvisada”.

¿Por qué no se puede habitar? Porque el aire, el agua y la tierra están contaminadas. “La mina se expande y devora casas, hospitales, colegios y mercados. Se traga la historia de los cerreños” explica.

Los datos son escalofriantes: la mina a cielo abierto tiene un hoyo –un tajo- de 1900 metros de diámetro y 380 de profundidad.

Recientemente, el gobierno aprobó una expansión de la actividad de la empresa Volcan S.A.A. Se trata de una de las ocho empresas que operan en Cerro de Pasco. “Ahora, Chaupimarca, el corazón de Cerro de Pasco, tiene que desaparecer para que Volcan, la minera pueda extraer mas zinc, plomo y cobre”.

El resultado es que el pueblo se tiene que ir. Desaparecer. En diciembre, los habitantes de Cerro aceptaron ser reubicados, como parte de un plan que puede extenderse durante los próximos 15 años.

Existen dos posibilidades: trasladarse a un lugar distante a unos 10 minutos al sur de allí, o a otro separado por una hora de viaje. La decisión divide al pueblo, pero en el fondo nadie quiere irse demasiado lejos del lugar en donde trabajan y viven miles de mineros peruanos.

El Congreso Nacional aprobó el plan de traslado, y decidieron formar una comisión que integran representantes del gobierno nacional y del provincial. También de la Volcan.

La historia se repite, pero también como tragedia. En todo caso, las enseñanzas de los resultados de esta explotación a cielo abierto puedan ser aprendidas por otros pueblos. Como el neuquino, que insiste con hacerle un tajo a Campana Mahuida.


Fuente: 8300Web
Imagen: Labor.org

lunes, marzo 16, 2009

Traslado de Cerro de Pasco tomaría no menos de cinco años



Lima, 16/03/2009 (CNR) - Las tareas de traslado de la población de Cerro de Pasco a una nueva ubicación tomarían no menos de cinco años, aseveró Arturo Delgado, representante de la Presidencia del Consejo de Ministros (PCM) en la comisión interinstitucional para la reubicación de dicha ciudad.

En declaraciones al programa "Diálogo Directo" de la Coordinadora Nacional de Radio (CNR), Delgado señaló que la comisión trabaja en un plan cuya meta sustancial es mejorar la calidad de vida la población, afectada desde 1971 por la explotación a tajo abierto de reservas de minerales de plomo, plata y zinc; primero la Cerro de Pasco Corporation y luego Centromín y Volcán S.A.A.

El funcionario aseveró que se busca afectar lo menos posible las relaciones sociales al interior de Cerro de Pasco, capital del departamento de Pasco, ubicada a cuatro mil 300 metros sobre el nivel del mar y con más de 70 mil habitantes.

En ese sentido, informó que este lunes se tiene previsto aprobar el borrador del plan de trabajo del traslado y presentarlo a los asesores del Gobierno Regional de Pasco y a los delegados de la municipalidad provincial.

Según la propuesta del gobierno regional, la nueva urbe debería ubicarse entre los distritos de Vicco y Ninacaca, a 15 minutos en auto de la actual capital, Cerro de Pasco, aunque alejada de las actividades mineras.

Estudios elaborados por el Ministerio de Salud revelaron que un 89.2% de los niños y las madres gestantes de los poblados de Quiulacocha y Champamarca presentan prevalencia de plomo en la sangre en un 89.2%, de los cuales un 22% está en situación de grave riesgo.

De igual manera, se ha establecido que los suelos de ambas localidades presentan contaminación por metales tóxicos como arsénico, plomo y manganeso, además de cobre y zinc, con niveles muy por encima de los máximos establecidos por el Ministerio de Medio Ambiente y Fauna de Québec (Canadá).

Fuente: CNR